HELLFEST 2015 – PARTE I

Domingo, 01 Noviembre 2015 19:47 Visto by 2802 Peoples Escrito por 

 


Una vez más, la fecha más esperada del año ya estaba aquí… (cada año pasa más rápido…). Por 5º año consecutivo en mi caso, tocaba poner rumbo a Clissôn, en el Loira Atlántico, cerca de la Bretaña Francesa, y asistir al mejor puto festival de metal del mundo; el Hellfest.

El jueves 18 de junio, tempranito (07:00 am), la “expedición Pelletier” estaba lista para salir de nuevo hacia tierras galas en dos coches cargados con un palé de Estrella Galicia y muchas, muchas ganas de Hellfiesta. Unas 14 horas después, aproximadamente (contando paradas para comer, repostar, defecar, etc…), llegábamos a Clissôn, aparcábamos en el ya entrañable Le Clerc (gran supermercado tipo Alcampo o Carrefour que hay muy cerquita del festival, de gran ayuda para abastecerse de cosas de primera necesidad durante el evento, comprar hielo cada día y demás…), llegábamos al lugar donde acampamos todos los años con todos los bártulos, montábamos el campamento, nos acercábamos un momento a recoger las acreditaciones y brindábamos por un fin de semana que prometía grandioso.

Como algunos sabréis, es posible acampar ya desde el miércoles y hay actividades e incluso conciertos en el Metal Korner ya el jueves; pero los que vamos teniendo ya una edad y conocemos nuestro cuerpo creemos que con llegar el jueves hacia la noche y descansar algo para el viernes poder empezar el festival con algo de fuerzas ya va estando bien y tal… (ya os tocará…).

Una de las principales novedades de esta 10ª edición del festival era la introducción del “cashless” como nuevo método de pago en todos los bares del mismo. Se trata de una especie de tarjeta de crédito que sustituye a los habituales “tokens” y que puedes recargar en cajeros distribuidos por el festival con el importe que desees. Al pagar, te pasan la tarjetita por un lector y se te descuenta el importe que hayas consumido.

-          Ventajas: es cómodo, molón, y si te queda dinero sin gastar en la tarjeta, te vale para el año que viene.

-          Desventajas: no les puedes escaquear ni un mísero token al pagar las cervezas (práctica habitual hasta la fecha) y si la pierdes, pierdes todo el dinero que tengas recargado en ella de golpe (ojito).

 

 

Comenzaba, pues, la jornada del viernes y accedíamos al recinto para, una vez más, sorprendernos con las mejoras introducidas con respecto al año anterior.

Esto es una constante en el festival galo: la continua intención de mejorar, edición tras edición, de ser más absolutamente “PRO”, de cuidar los detalles al máximo (algo que se agradece sobremanera), de ofrecer al público lo mejor y que este quede lo más contento posible… (igualito que en España, vamos…).

Tras los recientes ataques terroristas por parte de un grupo de fanáticos religiosos cristi-anos (o pensabais que todos eran moros?) en los cuales se vieron destruidos varios elementos estructurales y decorativos del festival, la maquinaria del festival, cuan Ave Fénix, no sólo reconstruyó las zonas afectadas y enmendó el daño causado por los vándalos, si no que lo mejoró todo de forma majestuosa y casi arrogante, me atrevería a decir… (como tiene que ser).

Aparte de la bellísima Hell City Square, que ya nos encontrábamos el año pasado como antesala de la entrada al recinto del festival en sí, con sus adoquines, farolas, tiendas y el ya clásico Extreme Market (discos, camisetas, atrezzo y parafernalia metalera de todo tipo a tutiplén), la entrada de acceso al festival ya nos indicaba que, como siempre, se había subido un peldaño más en cuanto a clase, elegancia y “molonería”.

Tras la puerta de entrada al recinto, que este año imitaba la fachada de una catedral, con todo lujo de detalles, nos empezábamos a encontrar mejoras sustanciales con respecto a otros años. La primera y creo que más importante de todas: CÉSPED NATURAL EN TOOOOOOODO EL RECINTO, (coma) JODER!!! No sólo en los “pits” de los Main Stages, no…… ; en todo el puto recinto. Independientemente del lugar del recinto donde te hallaras (o hallases), tenías mullido y verde césped natural bajo tus pies, lo cual mejora la calidad de vida del “festivalier” de a pie hasta cotas inusitadas; creedme…

También se ganó en cuanto a aspectos decorativos se refiere, por supuesto… Más colosales esculturas desperdigadas por el recinto, la impertérrita noria del año pasado (no sé cómo no hubo ya alguna desgracia…), más atención por cada pequeño detalle y las pantallas gigantes de los Main Stages (de una definición excelente, por cierto) se veían animadas en esta ocasión por una exquisita decoración colorista que las envolvía, con motivos de calaveras, faros y pulpos de lo más molón (lo cual nos hacía sentir como en casa a los galaicos).

Notable fue también la mejora en los escenarios The Temple y The Altar, al mejorar sus estructuras y disponerlos en paralelo entre sí (y en paralelo a The Valley, a su vez) y en diferentes carpas, en vez de enfrentados dentro de la misma carpa, como solían estar. Al mismo tiempo, gran detalle el poner fuera de cada escenario una pantalla gigante en la cual se anunciaba el nombre del siguiente grupo en actuar en dicho escenario (y la hora) y a través de la cual la gente que estuviera fuera de la carpa podría ver dicho concierto a posteriori.

Otro detalle que me gustó mucho fue la presencia de los horarios de actuaciones de cada día ubicados en la entrada de cada escenario en tamaño gigante, para tener a la gente siempre lo mejor informada posible.

Mejoras también en cuanto a los baños se refiere, los cuales se multiplicaron, colonizaron más zonas del recinto donde antes no había y ganaron en profesionalidad y limpieza. Muchos más urinarios de pie, que permiten el rápido y fluido “alivio” de los varones y baños completos mucho más “PRO”, con estructuras importantes, varias puertas individuales, lavabos fuera, etc… (nada de cabinas químicas “del terror” de esas a las que estáis acostumbrados, vamos…). Todo ello con una decoración exquisita (HASTA EN LOS BAÑOS!!!).

Como dato curioso en cuanto a la higiene de los baños se refiere, decir que el Hellfest tiene contratada a una importante empresa de limpieza industrial francesa cuyo cometido durante el festival es limpiar los baños de manera continua. Esto es, empiezan a limpiar los baños por una punta del recinto y cuando llegan al final y terminan, vuelven a empezar de nuevo por el otro lado a limpiar, con lo cual los baños están siempre limpios (dentro de lo que cabe en un evento de dichas características y de una afluencia de público tal).

A mayores, por supuesto, puntos de agua corriente y potable por todo el recinto, donde la gente se puede refrescar, beber o rellenar sus jarras y botellas de agua, permaneciendo así constantemente hidratados sin tener que, obligatoriamente, gastar dinero en el bar (a diferencia de España, donde cortarían todos los grifos del recinto para que aunque te estés muriendo y necesites beber un sorbo de agua, tengas que ir al bar y pagar por ella obligatoriamente… En fin…)

Y no nos olvidemos de uno de los detalles más importantes, que marca la diferencia en el Hellfest con respecto a otros festivales y contribuye a abaratar muchísimo la experiencia en el mismo como público: el hecho de que se pueda introducir bebida de fuera del recinto en la zona de conciertos, siempre y cuando vaya dentro de los envases oficiales del festival.

Los bares del festival sirven en unos vasos y jarras de plástico duro, con el logo del festival, que reutilizas a lo largo de todo el festival (o te van cambiando por otros limpios y nuevos) y si al final no te la quieres llevar de recuerdo, te devuelven el Euro que pagaste por ella inicialmente. Resultado: ni un solo vaso o trozo de plástico en el suelo en todo el recinto. Sólo impoluto y mullido césped verde.

Para la cerveza, en concreto, tienen unas jarras de litro y medio (milimetrado, no como aquí), de plástico duro con asa, que son la auténtica panacea. Esa jarra se convierte en tu mejor e inseparable amiga durante todo el festival, con el aliciente de que cuando quieres, entre concierto y concierto, puedes salir hasta las tiendas de campaña (que están al lado del recinto), rellenar la jarra allí y volver a entrar con ella para el siguiente concierto sin que te pongan ningún tipo de problema.

No os tengo que decir lo que eso puede llegar a abaratar el festival a los que vamos con el presupuesto más bien “justito”, no?

 

Detalles, detalles y más detalles… Los detalles son la clave… (igualito que en España, insisto…)

 

Después de esta “introducción”, elogiando alguna de las virtudes de este entrañable festival, pasemos a hablar de música por fin, que al fin y al cabo es la base sobre la que se sustenta todo esto.

 

Tras el tradicional paseo “de reconocimiento” por todo el recinto, en el cual se aprovecha para enseñar las mieles del mismo a los boquiabiertos neófitos (que todo año suele haber alguno), y porque “me encanta el olor a black metal por la mañana”, nos parábamos un rato a la sombra de The Temple para ver a los belgas ENTHRONED.

No mucho que decir, aparte de que siempre es entrañable estar en un concierto de metal extremo por la mañana/mediodía, en el cual se aglutinan ya entre 2000 y 3000 personas, las cuales asienten con seriedad, anal-izando cada nota y aplaudiendo con los cuernos en alto entre tema y tema.

Es la magia de un festival en el que cada año tocan 169 bandas, repartidas entre 6 escenarios “temáticos”; es decir, separados por estilos musicales. Sea cual sea tu rollo, allí encontrarás siempre lo mejor del género.

 

Se puede decir que el viernes ofrecía la cara más “clásica” del festival, por lo menos en cuanto a la oferta musical de los Main Stages (escenarios principales) se refiere. Así es que a primera hora de la tarde, bajo un sol de justicia y después de ver el final del concierto de GODSMACK, nos dirigimos a ver al mítico BILLY IDOL.

Decenas de miles de personas poblaban ya el valle que se sitúa frente a los Main Stages, ya que la tarde ofertaba movimiento y clásicos por aquella zona. El “rubio de oro” saltó a escena, acompañado por su inseparable Steve Stevens a la guitarra, y nos hizo mover el esqueleto a todos durante una hora justita, a ritmo de la característica mezcla de “cyber punk” y “new wave” que lo hizo famoso allá por principios de los ’80.

Aunque facialmente parezca una purila (señora mayor), físicamente se le ve en una forma envidiable, al señor este. La voz le responde, su banda va sobrada de tablas, sigue teniendo presencia escénica y gozó de buen sonido (constante en la Hellfiesta, por lo general…).


                

Evidentemente, no faltaron los clásicos Dancing with myself, Rebel Yell y White Wedding, que incitaban a la gente a bailar oscilando los brazos hacia los lados, tipo ochentero (bien sabéis de lo que hablo…); y cerró el concierto con una versión de L.A.Woman, de The Doors, para sorpresa de todos.

Viaje relámpago a las tiendas, a rellenar las jarras de birrêtta peletier (hay que hidratarse) y volvemos a adentrarnos en la muchedumbre de los Main Stages para ver, por enésima vez en mi caso, a MOTÖRHEAD.

Mucha, mucha gente, esperando para ver a Lemmy y sus chicos en acción una vez más. En el aire, la impresión general de que muchos estaban allí para despedirse de la banda, de alguna manera, ya que las últimas noticias sobre el estado de salud actual de Mr Kilmister parece que no dejaron una sensación demasiado halagüeña, en general, entre el público.

Con el clásico “We are Motörhead… and we play Rock and Roll!”, seguido de los primeros acordes de Shoot you in the Back, saltaban a escena y se ganaban al público desde el minuto cero.

Damage Case, Stay Clean, Metropolis… y aquello era la fiesta de Rock and Roll de alto voltaje a la que nos tiene acostumbrada la formación inglesa. Como ya dije en más ocasiones, Motörhead no sorprende, pero tampoco defrauda. Vas a ver Motörhead y te van a dar Motörhead. No hay trampa ni cartón.

Tras Over the Top, solo de guitarra y primer respiro para Lemmy. Más adelante, en Doctor Rock, solo de batería y nuevo descanso para el veterano frontman… 

Después de haber visto a Motörhead en di-recto en un considerable número de ocasiones a lo largo de los últimos lustros (entre 8 y 10…; no estoy seguro), tengo que decir que fue la primera vez que ví a Lemmy algo cascado. Es una pena, pero es así… Parece que realmente sus últimos achaques hicieron mella en él y eso se ve desde fuera. Aparte de estar visiblemente más delgado, pálido y demacrado, parece como si el pobre hombre estuviera extenuado, con poca sangre ya en las venas y, en definitiva, poca vida sustentándolo ya sobre las tablas…

Ojalá me equivoque, pero yo de vosotros procuraría verlo cuanto antes, si no lo hicisteis ya, por lo que pueda pasar… Está claro que este hombre va a morir “con las botas puestas”; pero, desde luego, no está en su mejor momento de forma, muy a mi pesar (y el de todo aquel al que le guste el puto Rock and Roll, espero).

Con la oscura Orgasmatron y la frenética Going to Brazil enfilaban la recta final del concierto. Tras poner Clissôn entero patas arriba con la obligatoria Ace of Spades, se retiraban de escena un par de minutos para volver y poner el colofón con la “interminable” Overkill; todo un clásico.

 

En definitiva, una más que aprovechada hora del Rock and Roll más honesto que te puedas echar en cara de donde todo el mundo salió contento, más con la sensación agridulce de haber visto que el gran Lemmy Kilmister, a sus 69 años de excesos y cátedra, no está fetén (o al menos no lo parece) y es posible que le empiecen a fallar las fuerzas.

Esperemos que no sea así y todavía los pueda volver a ver otras 8 o 10 veces más, que Motörhead nunca cansan.

 

Después de ver a “Mr Rock and Roll Himself”, vamos a reponer birra y nos adentramos hasta la “brecha” del Main Stage 1 para ver a mi adorado y siempre enorme ALICE COOPER desde una posición privilegiada.

Tras la intro The Underture, que mezcla pasajes de los dos ‘Welcome to my Nightmare’, saltaban el tito Alice y sus huestes a escena con Department of Youth, encadenada con dos clasicazos como son No More Mr Nice Guy y Under my Wheels, sin dejarnos tiempo ni para respirar.

Con el formato de banda de tres guitarras + bajo + batería al que nos tiene acostumbrados en los últimos años, comandando la pesada y perfectamente engrasada maquinaria, allí lo estaba, como si los años no pasaran por él (y por nosotros sí), blandiendo su bastón y haciéndo mil acrobacias con él, como si de una majorette del rock se tratara (o tratase), con su mítico maquillaje, Vincent Damon Furnier: el rey del shock and roll.

Una concesión a ‘Welcome 2 my Nightmare’ con I’ll Bite your Face Off y vuelta a los ’70 con Billion Dollar Babies, con el respetable totalmente entregado al espectáculo del tito Alice.

Y es eso lo que nos ofrece Alice Cooper, un ESPECTÁCULO perfecto, sin fisuras; en el que todo está milimetrado y, por lo tanto, no hay lugar para la improvisación. Durante hora y cuarto, el mítico artista nos sumergió en un mundo de pesadillas con el que lleva casi 50 años haciendo disfrutar a varias generaciones (que se dice pronto).

No es de extrañar tampoco que la inmensa mayoría del repertorio esté formada por temas de los años 70, sobre todo si tenemos en cuenta que se trata de la “época dorada” del señor en cuestión; de lejos su etapa más prolífica y, se ponga como se ponga quién quiera, la más conocida y la mejor.

Así, tras varias concesiones a otras décadas con Lost in America, Hey Stoopid y Dirty Diamonds (solos de bajo, guitarra y batera incluidos), volvíamos de nuevo a la “época dorada” con el histórico Welcome to my Nightmare, seguido de Go to Hell.

La banda se adapta y hace suyo perfectamente cualquier “sección” del repertorio. Glen Sobel es un batera acojonante; rotundo, sólido y acróbata (e infravalorado) como pocos. En las guitarras, Tommy Enriksen tiene la capacidad innata de rezumar juventud y rebeldía por los cuatro costados, aún cuando tiene ya 49 años (seguro que para sorpresa de muchos); Ryan Roxie, de la misma edad que el anterior, refleja veteranía, tablas y una actitud descaradamente “sleazy”; y, completando la ecuación guitarrística, la deliciosamente virtuosa, a la par que bella, Orianthi, atrayendo hacia sí las miradas de tooooodo el público masculino, de manera irremisible.

Ver tocar y desenvolverse en el escenario a la rubia guitarrista australiana de ascendencia griega, en todo su esplendor, deja bastante claro por qué Michael Jackson la escogió a ella para ser su guitarrista en la que iba a ser su última gira (nunca realizada, debido a un ligero caso de muerte), ‘This is It’; y, al mismo tiempo, por qué Richie Sambora la escogió también a ella, recientemente, para otro tipo de labores menos profesionales y más de alcoba, digamos… (o al menos eso cuentan las lenguas viperinas).

Y como lo mejor siempre se deja para el final, no podía terminar de hablar de la banda de Alice Cooper sin hablar de mi siempre admirado Chuck Garric.

Chuck es la piedra angular sobre la que descansa toda la banda, tanto a nivel musical como de actitud y estética. Porque si hablamos de actitud, indudablemente hay que hablar de Chuck Garric. Ese tío lleva el Rock and Roll en las venas y se nota. Con una estética de lo más glam, con el pelo largo, maquillaje oscuro y tupido abrigo de piel, el colega presenta una estampa a medio camino entre Marc Bolan, Glen Danzig y hombre de las cavernas de lo más imponente.

Dirige la banda con su sólido bajo, hace coros rasgados, rezumantes de Rock and Roll y bourbon, hace que el nivel de presencia escénica de toda la banda se incremente en varios tantos por ciento y es el único que interacciona con el público, lo mueve a su antojo y se lo mete en el bolsillo desde el minuto cero. Un auténtico titán del Rock.

Con Wicked Young Man empezaba el teatro puro y duro. El cíclope de Jasón y los Argonautas en Feed my Frankenstein, la camisa de fuerza en Ballad of Dwight Fry, la guillotina en Killer, Chuck Garric poniendo a todo Clissôn a corear I Love the Dead mientras se muestra al público la decapitada cefa del tito Alice para su posterior resurrección, apoyado en la muleta de huesos, con I’m Eighteen

Toda una fiesta, un auténtico musical de Rock and Roll donde la disposición e interpretación de los temas confieren al espectáculo global un sentido conceptual, no al alcance de cualquier intérprete.

Tras la “obligatoria” Poison, para los fans de la vertiente más “ochentera” del músico, llegaba el bis con School’s Out (con guiño a Another Brick in the Wall por el medio, incluido) y Alice Cooper “abandonaba el edificio”.

Simplemente genial, como siempre.


Comenzaban LAMB OF GOD, en el Main Stage 2, más preferimos acercarnos hasta The Valley, a ver la última media hora del concierto de los, en mi opinión, sobrevalorados, MASTODON. Una vez más, los de Atlanta volvieron a no convencerme.

Sobre las tablas de un abarrotado The Valley, la banda no parecía tener el nivel, ni de lejos, que le otorgan crítica, medios especializados y público, en general. Aparte de sonar mal, digamos que más bien parecían, a grandes rasgos, la típica banda stoner que toca al mediodía o a primera hora de la tarde en este escenario, en cualquier edición del festival.

Insisto en que es mi opinión, que llegué para la última media hora nada más y que al ver que sonaban mal, no tenían presencia y no se estaba cómodo allí, tardé poco en dejar de prestarles atención; pero la impresión que daban era esa, en general.

 

Tocaba entonces volver a ubicarse en buena posición, ante el Main Stage 1, ya que la cosa se ponía seria: llegaban los Metal Gods.

Sexta o séptima vez que veía ya a JUDAS PRIEST, pero nunca son suficientes. Como siempre dije, ellos son LA BANDA de heavy metal, me encantan y siempre hay que rendirles una más que merecida pleitesía.

Tras la ya tradicional antesala a base de un fragmento del War Pigs de los Padres, Black Sabbath, sonaba la introducción de Battle Cry y, tras la misma, saltaban los sacerdotes de Judas a escena con Dragonaut, el tema que abre su último disco, ‘Redeemer of Souls’ (2014); encadenando esta, como no podía ser de otra manera, con la casi religiosa Metal Gods.

Judas son Judas; eso está clarísimo. Son los mejores dentro del género y lo siguen defendiendo en el escenario con uñas y dientes. Su clásico tándem de guitarras afiladas, intercambiándose solos y riffs de la una a la otra, “marca de la casa”, sobre una base rítmica sólida, atronadora y “más heavy que el viento” no dejan lugar a dudas. Son los putos jefes.

“The Priest is back!”, clamaba un exultante Rob Halford, antes de acometer con dos clasicazos de aúpa: Devil’s Child y EL TEMA, Victim of Changes.

La aparente simplicidad y extrema elegancia con que Scott Travis toca la batería, sin derramar ni una gota de sudor, hace que cualquiera que entienda un mínimo sobre el instrumento en cuestión, lo mire y diga: “qué cabrón…”. El bueno de Ian Hill lleva 40 años en su pequeña parcela de escenario, delante de su ampli, zarandeando el mástil de su bajo arriba y abajo (en plan: “Lo rompo! Lo rompo! Que lo rompo! Te digo que de esta lo rompo fijo!”), siendo más heavy que nadie.

Tras los escalofriantes agudos finales de la totémica pieza que abría aquel colosal ‘Sad Wings of Destiny’ allá por 1976, nada menos…, llegaba el momento de entrar en los Halls of Valhalla, mover el esqueleto con el siempre efectivo, a la par que bailable, Turbo Lover y una nueva concesión al nuevo disco, con el tema que da título al mismo, Redeemer of Souls.

Glenn Tipton asusta. Con su eterno pacto con el diablo, el tío está igual que hace 40 años y, aparte de ser un guitarrista extraordinario, tiene el Mal (sí, sí….Con mayúsculas) en la mirada. Quién o qué puede ser más heavy que Glenn Tipton, en este mundo??? Nadie ni nada.

La épica Beyond the Realms of Death y la heavy Jawbreaker daban paso a aquel tema que allá por 1980 se instauró como himno a cantar generación tras generación con los cuernos en alto como requisito indispensable: “Breaking the what?!?!?! Breaking the WHAT!?!?!?!?!...”. Breaking the Law. En serio…, escuchar a decenas de miles de personas corearlo al unísono contigo es algo, cuanto menos, curioso (“you don’t know what it’s like…”).

Se escucha el sonido de un motor sobre-amplificado, el gran Roberto entra en escena a lomos de su Harley Davidson, vistiendo sus mejores galas bondage y, los entendidos en la materia, sabemos que es el turno de Hell Bent for Leather. Tras la misma, la banda abandona el escenario, aunque sabemos que, sin duda, aún quedan más balas en la recámara.

Es bueno ver a Richie Faulkner perfectamente integrado en la banda, como un miembro de pleno derecho, ya… Aparte de ser un guitarrista técnico, agresivo y con clase, el tipo imprime frescura y dinamismo al show de la banda, sin parar de moverse por el escenario, hacer headbanging y cantar cada uno de los temas mientras interactúa visualmente con cada uno de los “habitantes” de las primeras filas. Su compenetración con Glen Tipton es perfecta y se nota que el Maestro confía en su pupilo, dejando que buena parte del peso “solístico” de los temas recaiga sobre él, mientras lo mira con una mezcla de complicidad y orgullo.

La inconfundible intro pinchada The Hellion deja paso a Electric Eye y volvemos a tener a los de Birmingham sobre las tablas, dándolo todo y enseñándole al mundo cómo se hace heavy metal de verdad.

Tras la ya clásica sesión de canto de Rob Halford con el público, emulando al divino Freddie Mercury, en cierto modo (sólo que cambiando el “tiro-riro-rero” por “ye-y-ye-y-yeeah”), atacan con You’ve Got Another Thing Coming, solo de guitarra incluido y alargada, como de costumbre, para mayor interacción con el público. Tras esto, vuelven a abandonar el escenario.

 

 

Y qué decir de Rob Halford?. Que es y siempre será el puto Metal God. Punto. Sigue siendo un frontman carismático de los que hacen que esto siga valiendo la pena. Sabe meterse a la gente en el bolsillo instantáneamente, luce vestuario y atrezzo a tutiplén, a lo largo del show y, sí, por supuesto que sigue siendo uno de los mejores vocalistas de la historia. Si bien es verdad que va moldeando ciertas partes de algún tema a sus condiciones físicas actuales, el tío sigue cumpliendo más que sobrado, sigue sabiendo cantar fetén, teniendo potencia y capacidad para seguir mostrándonos a los mortales los inhumanos agudos que lo hicieron famoso.

Hay que saber comprender que, con la edad y estando uno ya algo más “fondón”, por así decirlo, es normal que haya partes de temas que tenga que hacer de otra manera, sobre todo por motivos de respiración y resistencia física. Habrá que ver cuantos de sus “detractores”, que siguen clamando al cielo aquello de que “Rob Halford ya no llega”, serían capaces de mantenerse con la mitad de dignidad que este hombre, a los 63 años, por los escenarios de todo el mundo.

Y precisamente para esos que dicen que “ya no llega”, cuando parecía que el concierto podría haber terminado ya (si no mirabas el reloj, claro está), la banda sale a escena de nuevo para hacer un segundo bis y atacan con Painkiller, directamente, señoras y señores… (nada menos).

‘Painkiller’… El momento donde el heavy metal tocó techo… Mi teoría es que tras la edición de ese disco, allá por 1990, quedó claro que era imposible hacer nada más heavy ni por asomo. Fue entonces cuando llegaron Pantera y cambiaron las reglas del juego. El heavy metal, tal y como se conocía, había llegado a su cenit de “heavycidad”, así que tocaba “reinventar el metal”… y así fue.

Roberto Halford “llegó”, más que sobrado, y el frenético ritmo de la canción terminó ya con lo poco que quedaba de nuestros cuellos y nuestras guitarras de aire. A continuación, con la siempre festiva Living After Midnight, los sacerdotes de Judas se despedían definitivamente de los festivaliers Hellfesteiros, con el tema Beginning of the End como telón de fondo, sonando a través de la P.A.

Una vez más, Judas Priest me dejaron plenamente satisfecho y convencido de que no tendría inconveniente en verlos una vez al mes, como mínimo. Es más, creo que sería algo más que recomendable para la salud de cualquiera. JUDAS RULES!

 

Sin ganas ni fuerzas ya para ver a SLIPKNOT y sus mascaritas, optamos por dar la jornada “concertística” por concluida e ir a tomar unas birras y alternar un rato con las gentes del mal en el METAL KORNER (carpa anexa al recinto de conciertos que hace las veces de “after del metal”, una vez estos concluyen. Cuenta con bar propio, escenario y, aparte de pinchadas de metal diarias, también tiene lugar algún que otro concierto, así como otro tipo de espectáculos).

P.D :GRACIAS A R.BUENDÍA, DE CONCERTECA, POR LAS FOTOS.

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Anxo Castelo

Corinicas

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